La Priscila y la fama


Me llama la Priscila, me pregunta si ya se publicó la entrevista que le hice. Le digo que sí, y que salió con dos fotos suyas, que salió divina. Me contesta que las fotos parecían sacadas en Estados Unidos de lo buenas que estaban. Me cuenta que fue un cliente el que le avisó que la nota había salido, y que el cliente le dijo que se conmovió cuando la leyó. Me pregunta dónde la puede ver  y le digo que en los kioscos ya no está, que puede verla en Internet, y le doy las coordenadas. Mañana la va a ver, cuando vaya a un cyber, dice.

Priscila no tiene computadora en casa, no tiene piso ni inodoro. En su barrio se hicieron cincuenta módulos habitacionales pero a ella, a la Valeria, a la Zamira y a la Mariela las saltearon. Les dijeron en el Instituto de la Vivienda que los módulos  eran para familia de hombre, mujer y niños, y que ellas no eran mujeres.

Priscila cuando no está en el parque levantando clientes, está estudiando. Quiere terminar la primaria que no pudo, por andar cuidando hermanitos. A su mamá, como a ella, le tocó ejercer la profesión más antigua del mundo.



Foto: Florencia Zurita para Tucumán Zeta




El viento en la cara



- Levanté varias cosas en las manos. Mucha basura en una, un mate con su termo en la derecha, un cenicero. Yo supe en un momento que todo iba a caerse pero no puedo resistir ese impulso de quebrar el paso normal del tiempo, de que ocurra algo.

A la terapeuta de Hipólita esa confesión pareció abrirle una puerta a un asunto de mucha profundidad. Reflexionemos sobre ese impulso, el de abrir la puerta al desastre, dijo desde el más allá y fue uno de esos momentos en que Hipólita se daba cuenta de que la sesión había terminado, que su terapeuta hacía agua, que estaba malgastando el tiempo.

Quebrar el orden normal de las cosas no  representaba más que el mismo devenir del mundo, de la historia. Suponer que ante cada acto sobrevendrá otro lógicamente encadenado era una idea que a Hipólita siempre le pareció un lujo: nada operaba de acuerdo a lo propuesto, salvo para los elegidos.

Los elegidos siempre fueron los demás. Los hermosos, los sobrevolantes, los que habíanse casado y tenían quien los ame. La vida les llegaba como un lecho manso de dulzuras y tristezas llevaderas, de triunfos casi inmerecidos. Un hijo, decía Hipólita, es el lujo de los lindos.

Hipólita decidió entonces que semejante terapia era un gasto inmerecido y la abandonó.

Hipólita en números

Los veinte años de Hipólita transcurrieron entre angustias y dolores. Amó a 54 hombres en diez años, tuvo doce oficios, fue arrestada, pobre, inmensamente rica, se le murió un amigo, y construyó para sí cerca de 128 atuendos a fuerza de ingenio, que envolvieron el cuerpo delicioso. Pero se entregó al destino al cumplir los 30 y aceptó, sin más, que la vida la mecía, la llevaba donde sea, sin horrores, y que todo duraría para siempre hasta que acabara.
El tiempo de la conciencia le duró unos meses. Tenía el cuerpo abierto y, sin más rodeos, una marca en la barriga. Pasó su tiempo de reposo embebida en la conciencia de su propio cuerpo.

El reposo de Hipólita

Fue la primera vez que la operaron. Hipólita había llegado con dolores de los cotidianos y supo entonces que estaba perdiendo otro niño. Había renunciado ya a la idea de que un embarazo suponía un hijo, su cuerpo era incapaz de germinar y por el contrario, otro monstruo le comía las entrañas. Lo sacaron, por supuesto, a fuerza de cuchillos y emergencia, le sacaron la criatura de las entrañas –“esas son entrañas”, había escuchado decir al cirujano que le sacaba al niño porque la estaba matando, la estaba matando-.
Todavía no había tomado conciencia de su propia muerte, de su buen tino de burlarla, y pensaba en su propio cuerpo. Representaba mil veces lo que había ocurrido en su piel, una cicatriz eterna, un corte que se repetía al infinito bajo el propio vientre, su propio hijo que aún latía muerto en un cesto de basura –“¿Qué habrán hecho con el niño? Aún estaba vivo”-, los dolores cirujanos, el cuidado de moverse.

La conciencia del propio cuerpo

Llevaba una enorme venda en la barriga. Caminaba hacia adelante, los cabellos sucios sobre el hombro, los pasos cortos, cualquier cosa antes que el dolor. Durante esos días los desafíos vitales fueron girar en la cama por calambres, levantarse porque la tristeza la llevaba, llegar a la cocina. Pasaba por el living y miraba a la derecha, un espejo la mostraba quebrada, caminando lentamente. El espejo la grababa vieja y a cada paso Hipólita descubría una cana, las ojeras, la piel del rostro que tiraba hacia abajo. Los pelos de las piernas, la papada que caía, las patillas hediondas sobre las mejillas, el olor, el terrible olor del que no se puede mover. La hediondez de su propia enfermedad, reflejada en los niños que durante esos días se asustaban de encontrarla. El triunfo era no caer en el camino, no caer y no dar lástima. Llegaba en esos días a la cocina, la miraba impecable, no sabía qué hacer y un dolor le subía desde el tajo hasta las sienes, le llenaban los ojos de lágrimas y la obligaban a volver. El camino hasta la cama era largo y entonces Hipólita creía que jamás volvería a ser joven.

Recordaba su cuerpo hermoso hirviendo al sol del mar, amado mil veces y mil más, ágil, pequeño. Recordaba entonces cómo era caminar por la calle en otoño, con los abrigos nuevos como intrigas, con pesados pasos, la belleza, la belleza. Luego de la operación, le costaba sentarse en la cama. Sentía cómo los músculos de los brazos le ardían del esfuerzo y pensaba siempre que los brazos son pequeños para tanto cuerpo. No tenía más que brazos para moverse y pensaba que cuando todo terminase, sus brazos lucirían estupendos de semejante ejercicio.

La esperanza

Creo que fue entonces cuando por primera vez pensó en que todo acabaría. La fealdad acabaría, el dolor acabaría, el verano, la hediondez. Y lograba recostarse y perdía la mirada: intentaba pensar y se dormía, se dormía tres horas, un día y despertaba. Intentaba enfocar la vista y volvía a perderse. Miraba su vientre abultado por la enfermedad –todavía no pensaba en su hijo- se miraba los pies adoloridos, pensaba en su vientre. Tenía un tajo abierto y más profundo, otro tajo y otro más. Pensaba, como los niños, que estamos hechos de infinitas capas y que bajo el vientre había otro vientre y otro más. Recordaba que cuando era niña creía que sobre el cielo que habitaba dios y los santos, había otro cielo con más dioses y más santos, y así hasta el infinito. Todo hacia arriba y hacia abajo era igual. Nunca había estado tanto tiempo recostada. Nunca había pensado tanto.

Hipólita comenzó un día a fantasear con la vida. Supuso que, de acuerdo a los pronósticos, su salud mejoraría inevitablemente y que ese impulso del otoño la levantaría. Se durmió la primera vez que lo pensó, y soñó que corría, espléndida, en un parque citadino, las miradas del mundo puestas en su fortaleza, en sus aires de mujer. Soñó con sus propias curvas y con el amor que volvería. Y supo entonces que ese impulso, ese quiebre de lo impuesto ocurriría.

El nacimiento de Hipólita

Tenía previsto  morir. Sabía desde siempre que la realidad no la esperaba e irrumpió en el mundo desafiante, venciendo a la muerte natural, la fuerza del destino se rendía a sus pies. La ciencia había dicho que no nacería, y nació. El hombre había dicho que sería estúpida o deforme, la familia la esperaba niña imbécil, nadie creyó que viviría. Y vivió y fue hermosa y, sabía, era inteligente. El entorno dijo que era rica y eligió ser pobre, el destino dijo que iba a ser madre y terminó de cuerpo seco. “El mundo no tenía lugar para mí”, dijo una vez borracha “si no tengo línea de la vida”, y exhibió su mano “nadie me esperaba. No tengo lugar, voy probando todos”.

La operación a cielo abierto

Cuando el médico dijo que morir era posible, Hipólita pensó en no morir, en esa remota imprevisión de las cosas que siempre dejaba una puerta abierta al accidente. Sobrevivir, a los 35 años fue un incidente, pero estaba acostumbrada a lo imprevisto. Así que se salvó, como era de esperarse, ocurrió lo no previsto. Salió airosa del quirófano, sorteó la depresión, mandó a la mierda al coautor del hijo, comenzó a trabajar, se hizo hermosa, y salió a correr.

El tiempo del terror

Los horrores no tardaron en llegar. Un día confesó a un amigo que tenía visiones del espanto, que tenía miedo de morir. Cuando todo andaba bien, miraba la ventana y se veía saltando, para luego hallarse quieta y sin saltar. Que cuando cruzaba una calle se veía a sí misma atropellada, cuando había tormenta, cuando se acostaba, cuando se callaba entre las sábanas.
Que las ráfagas de lo inesperado la abordaban, como aquella vez que explicó en terapia que sabía que algo se iba a caer. Recordó que aquel era un tema de tremenda importancia para el psicoanálisis y tuvo miedo. Pidió ayuda, aunque en verdad no dijo nada.

Hubo un tiempo en que esos terrores se hicieron cotidianos. Hipólita caminaba un trecho y sospechaba un tiroteo, un tropezón, un rayo, un infarto. Veía con implacable nitidez su propio cuerpo saltando del balcón, un cuchillo en su garganta, el pecho abierto al cielo. Hubo días en que renunció a pensar en ello, pero otra vez, un rayo la partía, un hombre la atacaba, ella misma se mataba.

Se sentía feliz todo el tiempo. Eran sólo imágenes repentinas de su propia muerte, inminente, implacable. El llanto de los otros, como si aún existiera y pudiera verlos, lo inexplicable de su salto. Se alejó de las ventanas, hastiada de imaginarse saltando, como siempre, porque sí. Dejó de abrirlas y cerrarlas, el resplandor del propio salto se le había hecho cotidiano y pensó que de tanto verlo, saltaría.

El viento en la cara

Habrá pensado Hipólita que alejándose de los abismos evitaría su propio salto. Habrá creído que era natural y pasajero, que la ciencia lo sabía y que nadie salta en la víspera. Que no moriría así. Cerró los ojos en otoño ante el propio accidente, se cuidó, pensó que su mente estaba desquiciada y que todo, como siempre, iba a volver al orden natural.

Pero orden no era ni había sido nunca el esperado.

Hipólita murió un día de mucho frío. Pensó durante su caída que nada operaba de acuerdo a lo propuesto. Se preguntó por qué había saltado y se entregó al viento, a los veinte segundos de viento en la cara, al dolor del impacto, y se durmió.








TIPS PARA SER PROTAGONISTAS DE NUESTRO TIEMPO



"Hay que endurecerse pero sin perder la elegancia jamás" 

Ernesto Che Guevara, personaje famoso.



Esta temporada en el ambiente de izquierda le decimos adiós a la clásica yisca, y saludamos a la práctica mochila deportiva que, no por moderna, deja de ser revolucionaria.

En cuanto a los estampados de las remeras, las consignas directas estan totalmente out. Este año se impone los simbólico: consignas politicas en formato de frase de banda de rock, preferentemente en negro.

Para las muchachas, simpaticas soleritas sin corpiño, haciendo gala de la falta de delantera pero que en el ambiente es muy bien compensada por un buen par de anteojos o bigotes al natural. Ellos, barba crecida al estilo "Valientes" otorgan aire de rebeldia y de misterio.

Tome las necesarias precauciones para el evento: evite lavar su ropa por lo menos una semana antes. Aunque a veces dejamos pasar estos detalles, un jean planchado o una camisa sin transpiración pueden dar la errada idea de que usted no estuvo militando previamente.

Para las mas maduritas: chicas, no se dejen amedrentar por la coquetería ¡todas podemos ser revolucionarias! No interesa que su blusa tenga hombreras señora, úsela con confianza, y afiáncese en el detalle de la antorcha en la mano. Tenga en cuenta que una vela en una botella de plástico significa que usted es contratada en un CAPS de algún barrio periférico. Sin embargo, si usted se anima y luce una coqueta antorcha de caña, perfumada y con repelente antimosquitos el ambiente notará que usted preside un bonito consultorio en barrio norte.

¿Dónde ubicarnos? ¿Cómo comportarnos? ¡Cuántas preguntas! Para el comedido de siempre, fiel a las luchas populares la duda es siempre la misma. Nunca olvide que estos son eventos abiertos, y si usted no posee remeras del che Guevara o pantalones indúes, los accesorios hablan por si mismos: un sencillo par de anteojos puede ser su pase hacia la inclusión.

Anímese, fabríquele a su bebé una pecherita subversiva. Aquí van algunos tips “Revolucionario en formación” “Yo apoyo la lucha de mis papis”. Seguramente el niño será fotografiado por algún periodista de un sitio de noticias independiente.

Asuma su lugar en la multitud: una cacerola Essen lo delatará como vecino de la zona céntrica y quizás, levante sospechas de que en realidad usted sigue apoyando al campo. Recomendamos asistir sin estos elementos, de manera de poder cruzar sus brazos sobre el pecho y escuchar atentamente los discursos. No festeje todo lo que escuche ¡cuidado!. Un verdadero militante es un ser intelectual. Asienta en algunos casos con sincera convicción, en otros, dude levantando una ceja en tono irónico. No se preocupe, quien lo observe supondrá que usted captó un mensaje subliminal que a él se le escapó.

¡Digale adiós a los prejuicios! Las protestas se aggiornaron. No sufra más ante la inminencia del canto de “La internacional” (usted no es el único que no sabe la letra). Ahora toda buena marcha se cierra con el Himno Nacional ¡observe! Conocidos militantes de la Cuarta Internacional, lo entonan con emoción.

Y por último: ¡disfrute! ¡Sientase como en casa! Una manifestación es siempre un evento social importante, mas aun si en ella podemos conocer a gente de izquierda, que nunca estará demás en nuestras reuniones con amigos.

¡Hasta la victoria siempre!


(Para la Revista Ernesta, septiembre de 2011)

4:55 am

yO DUEROMO Y ES DE NOCHE, PERO ME DESPIERTA EL SONIDO DE LA PUERTA. pREGUNTO QUIEN ES, MUERTA DE MIEDO, PERO CASI NO ESCUCHO. ACOMODO EL OIDO. LO PEGO A LA MADERA. U DOSTOMGP QIE UN HOMBRE ME DICE QUE ES DE GASNOR. SE RIE.

No le abro, decido no abrir como siempre porque viene a matarme, pero me dice que tiene que entrar. No escucho, asomo el oido al agujero de la cerradura y veo, con el oido, una llave plateada entrar y abrir la puerta. Me muero de miedo.

Estoy frente a el, no es malo, es un hombre de gasnor, vestido de blanco, que se rie. Puedo empezar a sentir bronca. Se rie. Le pregunto de dónde saco esa llave y me dice que se la dio el portero, y que va a entrar a arreglar algo. Le grito, me niego, entro, cierro con llave, lo desafío a que entre.

Es cuestión de segundos.. Me ato una soga por la cintura y salto por el balcón. Crro por la calle, hasta el edificio de frente. Siento pánico, es de noche y estoy sola, pero me repito que sé cómo actuar ante el miedo.

me siento en las escaleras del edificio, no soy una mendiga, pienso, tengo frio y me vence el sueño, pero sobre todo tengo miedo de la madrugada. Me digo que sé cómo actuar ante los tiroteos y me digo "ese, por ejemplo, este tiroteo. Cuando es por amor, suena un disparo cada cuatro segundos. No es un asalto. Ahí termina, van a cubrirse en la huida, va a ser una ametralladora". Comienza la balacera pero yo ya estoy en el suel, yo se muy bien como actuar ante los tiroteos.

Pienso que todo es peligroso en la ciudad de noche, cuando no hay nadie pero en mi casa está ese hombre. Empiezo a sospechar que lo soñè y me doy cuenta que alguien sale del edificio. Salgo coriendo. Mientras corro pienso que no pude haber escapado atada por el balcón, ni que un operario de edet puede haber ido de madrugada con mi llave.

Pienso mientras corro que fue un sueño, no cómo este, ahora que estoy corriendo y que siento claramente el pavimento bajo las zapatillas, esto no es un sueño, uno no corre así en los sueños.

el edificio está cerca pero yo ya sé que no voy a poder reconocer la entrada, pierdo la memoria cada tanto. Llego a una puerta baja, a un jardin, y ruego por favor haber acertado a mi edificio: una mujer me persigue.

intento no pensar en nada pero la mujer entra tras de mí. Quizás la conozca pero no lo sé, pierdo tan seguido la memoria. Me dice "He vuelto, porque en ningún lugar me tratan como vos, porque te quiero y me haces sentir joven" le respondo que es mentira, sé perfectamente que viene a matarme.

Le pido una prueba de amistad y posa: es anciana y regordeta, y va cambiando de vestuario dos veces por segundo. La reconozco. Eramos amigas y nos queríamos, a pesar de las edades, hasta hace muy poco. Pero mis recuerdos se me borran cada tanto y no podría estar segura. Me da lástima que vuelva buscando mi amistad y no estar para ella, pero todo se me olvida.

Salgo corriendo y llego a mi casa, me acuesto a dormir sabiendo que amanece. Me despierto, me pregunto si habrá sido un sueño. No puedo estar segura. Me levanto y escribo esto.

La muerte de los perros


Frida y Ceci se morían. Una respiraba ya muy poco sobre el césped, el hocico inflado, se dejaba morir. Ceci en cambio temblaba sobre el mármol frío, bajo un techo absurdo.


Frida había corrido toda la vida. Sabía, porque lo sabía su sangre, que antes de morir debía hallar un sitio oculto, refugiarse allí, y dejar de comer. El devenir de la naturaleza se encargaría mansamente de lo demás.


En cambio Ceci no estaba preparada. Nunca había pensado en la muerte porque el miedo la espantaba. Se había despertado esa mañana con dolor –pensaba Quiero ir a mi casa, dormir- y había llegado sola al hospital. Pensaba Respirar despacio, Respirar poco, Todavía puedo respirar. Ceci firmó todos los documentos que le pidieron, y a cada médico le preguntó si podía morir en las próximas horas. Todos respondieron que era una posibilidad.


  Cuando Frida se moría, sin haber podido armar su tumba, pensaba como perro. Miraba a su compañera corretear, robarle la comida, mirar la mariposa, dormitarse. Esa perra amiga  supo ser cuando nació su hija, pero la naturaleza es fría y el detalle fue olvidado en el destete. Frida se moría sola.


Ceci llevaba un hijo en algún lugar del cuerpo, estallándole las vísceras, comiéndola por dentro. Sabía ahora que era un niño, que podía tener sus ojos y que estaba vivo. Sentía  cómo el vientre le explotaba. Sabía, se lo habían dicho, que sería el último hijo, y que había que sacarlo. Ceci, como Frida, se moría sola.


Intentó dos veces encontrar una mano que aferrara la suya, pero tanto el residente como el camillero se abocaban a otros menesteres, como agujerearla, sangrarla, explicarle a los colegas lo urgente del momento. Frida en cambio, nunca lo intentó: no tenía palabras, era un perro y los genes le decían que la muerte era parte del camino.


Días después de ese viernes, ambas se encontraron frente a frente. Cecilia se recuperaba en una cama, y Frida continuaba su camino sin regreso. Se miraban por una ventana, sin hablarse. Cecilia recordaba cuánto había necesitado una mano amiga y sentía lástima por una perra que moría, sabiendo que moría, moría sola. La mirada de la bestia se cansaba cada tanto y el hocico le pesaba contra el suelo. Habrá estado aterrada, pensaba Ceci, porque las caderas le temblaban, porque no había remedio, porque ya no respiraba.


Luego de la muerte de la perra, Cecilia, caminando, decidió que cuando llegue otra vez el momento, llegue porque no hay remedio, iba a tener un cuerpo que la abrace, que le diga Mami, que le cante al oído que no tenga miedo. Ceci iba a tener entonces esa porfiada sospecha de que nada acabaría cuando todo acabe. Entonces, tuvo un hijo.





El silencio de Guillermina


Yo esperaba un hada, sentada de frente al sol. Yo te vi llegar criatura, qué preciosa sos, qué bonita luna, las patitas son de miel. 

Chiquitita panadero, sos la musa del silencio.

¿Qué dulzuras no decís preciosa? ¿Tanto espanto hay en el mundo que no vale la pena repetirlo?




Ojos de videotape by Charly García on Grooveshark

ELLOS


Son hermosos, tienen ojos de plumines, cantan en voz baja, lavan la ropa y dicen Yo No Entiendo. Mueren, se reproducen, crecen y nacen, bailan ritmos, saben nada de mucho, dicen TU.


Dicen De Dónde Eres, dicen El Amor Es Una Fruta Madura, dicen Sí Acepto.


Llenan formularios, sacan fotos, toman vino, ahorran, mesuran, estiman, comparan. Creen.


Tienen perro o no tienen, lloran o estornudan, son graciosos, insulsos, transparentes. No entran, no rabian, no les destellan las sienes, no se ahogan. Encuentran las palabras.


La historia no tiene perdón para los tibios.